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(11/10/2010)

El director ofrece su particular visión de su ciudad y reflexiona en el festival de las letras Gutun Zuria sobre la influencia que tiene en su obra

Alex de la Iglesia en La Alhondiga de Bilbao. FOTO: Fernando Gómez

La deformación física y psíquica de los personajes, la caricatura grotesca y cierta tendencia al feísmo caracterizan el universo creativo del bilbaíno más internacional del momento. Álex de la Iglesia reconoce la fuerte influencia que su ciudad natal ha ejercido en ese imaginario oscuro, fantasioso y plagado de una violencia que sirve, en última instancia, como vehículo para criticar los males de la sociedad actual. El presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España fue el encargado de echar el cierre ayer al festival literario Gutun Zuria, que en esta edición ha querido hacer hincapié en la relación de los escritores con sus ciudades. Ganador del León de Plata al mejor director y la Osella al mejor guión por ‘Balada triste de trompeta’ en la última Mostra de Venecia, el cineasta rememora sus tiempos de juventud en el Bilbao anterior al Guggenheim.
– Después de un mes viajando sin parar -Venecia, San Sebastián, Toronto, Austin, Madrid…- llega a Indautxu, el barrio en el que creció.
– A doscientos metros de la casa de mi madre. Espero tener tiempo para verla.
– ¿Qué significa para usted volver a Bilbao?
– Vivo con total intensidad la sensación de que todos los chistes se refieren a mí porque uno no sale de Bilbao cuando viaja por el mundo. Todo se puede encontrar aquí, es un pequeño microcosmos, una retorta en la que hierven todos los jugos que existen en el mundo. En esta especie de agujero puedes encontrar cualquier cosa. De hecho, conozco prácticamente todo el mundo -salvo la Isla de Pascua, que por otro lado, me gustaría conocer- y no he encontrado nada que no haya visto antes aquí.
-¿Qué influencia ha ejercido Bilbao en su universo creativo?
-Lo ha hecho en dos ámbitos. Uno visual y otro moral. El lugar condiciona mucho y existe, además, una transformación geográfica, política y cultural en Bilbao que se corresponde con fases de mi vida.
– ¿Cómo era ese Bilbao que ha dejado huella en su obra?
– Crecí viendo el cielo rojo por las noches, el cielo ardiendo por los Altos Hornos de Vizcaya. Recuerdo que Sestao para mí era el infierno.
– Una imagen que ha traslado a algunas de sus películas.
– Sin duda, siempre lo hago. Ahora, sin embargo, Bilbao es todo lo contrario, es una ciudad colorista, alegre. De hecho, creo que hay una zona de la ría donde la gente se baña y todo. Eso sí que es ciencia ficción para mí.
La felicidad perfecta
– Sin embargo, sus películas beben más bien de aquel Bilbao gris en el que creció. ¿Qué lugares frecuentaba en su juventud?
– Era carne de Casco Viejo. Estudiaba Filosofía en Deusto e iba de la Universidad al Casco Viejo y del Casco Viejo a la Universidad. Recuerdo haber hecho muchos amigos. Las mejores personas que he conocido fue en aquella época, en Barrencalle. Solíamos ir al Gure Txoko, al Katu… Pero el paraíso perdido era el Gaueko. No sé si hoy seguirá abierto.
– ¿Ha intentado volver a alguno de esos sitios?
– Siempre vuelvo al Iruña. Allí tomo pinchos morunos, que para mí es como paladear mi infancia, por eso vuelvo sistemáticamente. Es como volver a sentir el aroma de mi niñez.
– ¿Cómo recuerda aquellos años de su infancia?
– Ir a la Plaza Nueva, cambiar cromos, comer gambas y luego ir a Iturribide a comer pinchos morunos y tigres es el esquema perfecto de la felicidad. Nunca he sido más feliz como en Iturribide, con mi padre, comiendo pinchos morunos en el Melilla y Fez.
– En los 80, el ambiente en las calles de Bilbao era especialmente turbulento. A los enfrentamientos entre trabajadores y Policía por los cierres de los astilleros y Altos Hornos se unía la kale borroka, especialmente intensa en aquellos años. ¿La recurrencia a la violencia en sus películas tiene algo que ver con lo que usted veía a su alrededor?
– Totalmente. Ha condicionado mi vida. Era el momento en el que estaba tomando decisiones acerca de cómo era el mundo y empezaba a establecer estructuras mentales sobre las que sustentar la personalidad, y daba la casualidad de que ese mundo estaba absolutamente condicionado por la violencia. Yo la viví desde muy pequeño, estaba a mi alrededor, en un entorno muy cercano.
– ¿Recuerda algún ejemplo?
– Tenía 4 años. Era primavera. Recuerdo perfectamente un tiroteo entre la Policía y ETA enfrente del colegio de los Jesuitas. Dispararon contra la tienda de chucherías de Fernando, en Alameda Urquijo -de hecho, durante muchísimos años, se pudieron ver los agujeros de bala- y me recuerdo recogiendo los casquillos de bala, que estaban mezclados con regalices rojos y con sangre. Me veo cogiéndolo todo a la vez, con la misma mano. Creo que eso define bastante mi carácter.
«No había ciudad más punk»
– Es una imagen, por otro lado, bastante cinematográfica.
– Sí, la recordé por primera vez en Venecia, cuando alguien me preguntó por qué había tanta violencia en mis películas. Y me vino esa imagen a la cabeza.
– ¿No lo había pensado antes?
– Nunca lo conté. En Bilbao, en aquella época, no era un tema de conversación.
– Ahora, sin embargo, se siente más libre para hablar de ello.
– Siento que ha pasado el tiempo&hellip Me siento más viejo, no más libre.
– ¿Cómo ha vivido la transformación de Bilbao, que ha pasado de ser una ciudad gris, sucia e industrial a ser un modelo ejemplar de urbanismo en todo el mundo?
– Al principio con dolor. Me daba la sensación de que estaba desapareciendo aquello que yo más quería en el mundo: la Margen Izquierda, el color gris de las paredes, esa sensación infernal que infestaba mi vida, mi alma, mis relaciones. A mí me gustaba ese Bilbao. No había una ciudad más punk que Bilbao, no ha habido punks más verdaderos que los de Bilbao. Pero a la vez, con el tiempo, me he dado cuenta de que Bilbao ahora es mejor que antes. La gente es más feliz.

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